El nacimiento de Zoé

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Éste es el relato de un parto gozoso, grande, maravilloso, increíble, inmenso… un auténtico disfrute.
La madrugada del domingo tres de febrero nació Zoé, mi segunda hija. Una niña preciosa y muy deseada que ha venido a hacernos aún más felices de lo que ya éramos.
Unas 24 horas antes, había empezado todo, no el parto, que duró muy poquito, sino los mecanismos que ponen todo en movimiento para avisarme de que pronto llegaría nuestra bebé.
Pasé esa noche dormitando, notando contracciones irregulares y llevaderas, que no me hacían levantarme de la cama, pero no me dejaban dormir plácidamente, del tirón como venía haciendo últimamente.
Por la mañana, cuando nos levantamos los tres, decidimos dedicar al día a nuestra familia tal y como la conocíamos hasta ese momento, porque sabía que esas eran las últimas horas antes de ser todos con uno más. Cancelamos nuestros compromisos, cogimos la cámara y nos fuimos a pasear, a comer por ahí, a dar un paseo con la bici y las perras.
Cuando terminaba la tarde me metí en la bañera con Gaia. Jugamos, tomó teta, nos abrazamos… lo pasamos muy bien. Yo lloré. Mi pequeñita se hacía hermana mayor y vi este baño como una despedida a lo que éramos hasta ese momento.
Durante ese día me acordé mucho de abuelita Leo, mi abuela materna. Hay algo que tiene la maternidad que se transmite de madres a hijas, de generación en generación. Llamé a mamá y a papá. Necesitaba unos mimos de esos que solo ellos te pueden dar. Llamé a Choni, mi comadre. Tenía miedo y me ayudó tanto… A partir de entonces me sentí mucho más tranquila. Ya estaba preparada.
Llamé a Carmen, nuestra compañera del nacimiento, y le dije que se trajese sus cosas para pasar la noche aquí. Al rato llegó con la cena. Cenamos todos. Yo paraba lo que estaba haciendo cada vez que tenía una contracción. Se iban haciendo cada vez más intensas pero eran muy llevaderas.
Gaia se fue a dormir con su papá y a los pocos minutos subí a la habitación y me tumbé a su lado. Le apoyé la mano encima, y así pasé varias contracciones, muy relajada sintiendo su respiración. Me levanté por miedo a despertarla aunque estaba francamente a gusto así.
Las contracciones empezaron a hacerse cada vez más frecuentes aunque eran muy cortas. Apenas empezaba el dolor, ya se disipaba. Estaba en la barandilla de la escalera apoyada, me ayudaba mucho poder agarrarme a algo mientras estaba de pie. Con cada contracción me balanceaba de lado a lado.
Al poco rato le pedí a Jose que me sacase un colchón fuera, al lado de la barandilla para así poder agarrarme a ella y tumbarme en el colchón entre contracciones.
Me tumbé de lado, estaba en la misma posición que cuando parí a Gaia. Las contracciones eran cada vez más seguidas, pero eran cortas, muy cortas. En cada contracción me dejaba ir, respiraba tranquila y en cuanto el dolor se hacía intenso, volvía a bajar y se iba… Era tan llevadero… Tenía frio. Le pedí a Jose el edredón, el calentador de aire y que preparase la bañera.
Entonces empezó otra contracción, yo seguía tumbada en el colchón. En cada contracción Jose me acariciaba pero en ésta no noté su contacto, eché la mano hacia atrás y solo había aire. -Jose- llamé.
Y entonces oí a Carmen susurrar –Jose- y al momento su mano estaba sobre mi cintura y el dolor desapareció. ¿Cómo es posible que necesitemos tanto a nuestra pareja y que su apoyo y entrega nos haga el parto más llevadero? A su lado sabía que podía, tenía confianza, seguridad… pero en esos segundos en que no estuvo, sentí miedo. Me ayudaba tanto con las contracciones…
Otra contracción y noté a Zoé, empezaban las ganas de empujar. –No puede ser- pensé. Las contracciones son muy cortas, apenas debían durar veinte segundos…
-La bañera, ¿está preparada la bañera?-. Tengo frio y quiero meterme en el agua. Zoé va a venir y no quiero parir en el descansillo:no es el sitio- pensaba.
Me ayudaron a levantarme y entré en el baño. Me habían puesto la luz ténue de la lámpara que habíamos comprado en el mercadillo de Luang prabang, en Laos, aquella tarde maravillosa cuando nos lo pasamos tan bien, cuando todavía éramos solo dos. Aún así era mucha luz. –Las velas, encended las velas y apagad la luz-.
La bañera estaba hasta arriba de agua –a lo mejor se sale el agua- pensé y metí un pie- ¡Qué calentita, qué rica!-
Me metí arrodillada y me senté sobre los talones. Otra contracción: dolor que va en aumento y cuando llega al culmen, Zoé empuja hacia abajo y yo empujo con ella aunque no quiero, mi cuerpo empuja solo.
Se acaba la contracción y pienso que no, que quiero salir, que ahí no, y otra contracción y vuelvo a empujar y vuelven todas esas sensaciones conocidas que habían sido completamente olvidadas desde el nacimiento de Gaia. Entonces rompo aguas. No sé qué noté, pero lo noté: un pequeño “chasquido silencioso”, algo que salió por mi vagina… no sé muy bien cómo explicar qué se siente al romper aguas surmergida en agua…
Otra contracción, -no, no, no quiero- digo. Silencio. Jose y Carmen no dicen nada. Me acompañan, en silencio, respetando. -No Zoé, no me hagas daño-.
Sé que está a punto de nacer y no sé si así podrá hacerlo, tengo las piernas demasiado juntas y me echo hacia atrás quedándome en posición “bañera”.
Otra contracción y noto como su cabeza empieza a salir por mi vagina. Cuando acaba la contracción, pongo la mano entre las piernas y la toco -¿solo esto está fuera?- pensé. Ahora que lo escribo me sonrío. Estaba pensando lo mismo que dicen las mujeres a las que acompaño cuando les digo que toquen la cabeza o que miren al espejo que tienen enfrente. A esto yo les contesto: “Ahora no tienes contracción, con la contracción está mucho más fuera que ahora, queda muy poquito”. Está claro que una mujer de parto “solo” es una mujer de parto. Todo lo demás (su profesión, conocimientos, experiencia desde el otro lado…) desaparece, no hay cabida para nada más que parir…
-Ay, que todavía me queda que el periné se estire mucho más y en esta última contracción ya escocía- recuerdo que pensé.
Otra contracción y noto como sale la cabeza: Ya está la cabeza- digo. Miro a Jose asombrada. Sí- me dice mientras la mira. Estiro la mano y acaricio la cabecita de Zoé , es increíblemente suave y tiene un montón de pelo. En ese momento tomo conciencia de que en la próxima contracción nacerá y me empapo de ese momento. Esa es la única espinita que tengo clavada del nacimiento de Gaia: no saber esperar, el decirle a Jose que la sacara según salió la cabeza (aunque claro, él lo recuerda como el punto álgido del nacimiento de Gaia). -¿La cojo yo o tú?- me dice. -Yo, yo- susurro.
Sigo acariciándole la cabeza y viene la última contracción. Noto como si cogiera impulso y siento como si quisiera volver hacia dentro. Pocos segundos después nace mi bebé. La cojo, la acerco a mi pecho, la miro, respiro hondo, suspiro, la huelo, la beso, la miro y la remiro, le doy la bienvenida, le digo lo que la quiero, las ganas que tenía de verla, de conocerla, sonrío, la acaricio, la vuelvo a mirar. Está tan tranquila en mi regazo, no llora, no abre los ojos, está plácidamente adaptándose a su vida extrauterina.
Miro a Jose y le presento a Zoé, está guapísimo, emocionado y feliz. Carmen está detrás haciéndonos fotos. No tenemos ninguna del nacimiento de Gaia y me hubiese gustado tanto tenerlas…
Carmen nos pregunta si nos deja solos y le contesto que no, que no me sobra. Ha sido la acompañante perfecta. Una única palabra está en mi memoria, lo único que necesitaba y ella me lo procuró: -Jose- susurró y en seguida todo lo que necesitaba estaba a mi lado.
Pasados unos minutos Zoé abre los ojos. –Hola, preciosa, soy mamá- le digo mientras me enamoro más y más de ella.
Pasamos un buen rato en la bañera, se agarró al pezón y mamó un poquito. Al poco rato comenzaron las contracciones de nuevo, Jose cortó el cordón y cogió a su hija mientras yo alumbraba.

3 de marzo de 2012:
Mi parto duró menos de dos horas y fue maravilloso, de principio a fin. Me llenó de felicidad y satisfacción y no cambiaría absolutamente nada de lo que sucedió. Si pudiese revivirlo, juro que lo haría, sin dudarlo. Ahora mientras termino este relato en el día en el que Zoé cumple un mes, ella está dormidita en mi regazo, y desde el día que nació estoy completamente enamorada de ella. Gracias hija mía por regalarme uno de los momentos más maravillosos de mi vida.IMG_7206

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7 comentarios en “El nacimiento de Zoé

  1. Me ha emocionado muchisimo tu relato, sobretodo la parte en que te das el último baño con Gaia como hija única ❤
    Me alegra mucho que hayas tenido una experiencia tan buena
    PD soy Vanessa, que iba a dar a luz contigo y finalmente fue con Silvia 😉

  2. “Creo que hoy va a ser un gran día”. Recibí ese mensaje el 2 de febrero sobre las 10:30 de la mañana. Me puse nerviosa. Era consciente de que acompañar a una persona en el parto de su hija era un momento muy especial. Y una gran responsabilidad. Yo quería estar a la altura. Quería saber ayudar. Quería y quería…. Entonces pensé: A lo largo de mi vida profesional había acompañado a muchas personas en los últimos días de su vida. Me acordé de ellas y me dije: Realmente no hiciste nada más que lo que ellos te pidieron: Estar ahí. Equiparé las dos circunstancias y decidí hacer lo mismo en esta ocasión. Estar con ellos y hacer lo que me pidiesen. En primer lugar, ir cuando estuvieron preparados. Sobre las 20:00 recibí otro mensaje: “Vente cuando quieras y trae algo para cenar”. Fui corriendo a comprar y me dirigí hacia su casa. Cuando llegué estaban tranquilos, y cenamos. Incluso vimos comenzar una película. Irene me dijo ¿Tienes miedo?. Yo respondí sinceramente que no. Era verdad.
    Al rato, Irene subió. Imaginé que estarían acostando a Gaia y me quedé en el salón. Al fin y al cabo, eran sus momentos. Jose bajó y puso a hervir el material que usarían después. Me dijo: Dice Irene que subas cuando quieras. Aquí mis sentimientos me desbordaron. Quería subir, pero mi mayor miedo era ser intrusiva, molestar. Era algo tan íntimo, tan de ellos… Me sentía una intrusa, pero una intrusa agradecidísima por dejarme estar allí.
    Subí. Estaban disponiendo un colchón en el suelo para que Irene se acostase. Dejé mis pensamientos a un lado y me puse a ayudar. Gaia dormía en la habitación de al lado y había una luz tenue, velas encedidas, calor. Yo esperaba aportar algo de calor, calor humano, calor de amiga… Me pidieron que hiciese algunas fotos, y cogí la cámara y practiqué haciendo una primera instantánea. Ese sonido determinaría para mí todo lo que vendría después.
    Irene tenía contracciones. Tenían que dolerle muchísimo, pero no gritaba, de hecho casi no hacía ruído. Imaginé que era para no despertar a Gaia. Jose estaba a su lado. La cogía de la mano, le acariciaba la espalda, estaba con ella. No estaba nervioso, o al menos eso parecía. Se levantó a preparar la bañera. Yo le ayudé comprobanlo la temperatura del agua y la controlando la cantidad, para que no se desbordara. Mientras tanto, él seguía acompañándola en cada contracción. Yo miraba y aprendía. De vez en cuando les fotografiaba. El sonido era molesto, dado el silencio que había, pero para mí era tan importante reflejar el acompañamiento de Jose, que pensé que valía la pena el ruído del clic.
    Cuando necesitó ir a la bañera, pidió una luz más tenue, con velas. El ambiente era íntimo. Poca iluminación, calor, casi no había ruídos. Como el contexto había cambiado, y el baño era pequeño, mis miedos a ser una intrusa volvieron. Los vencí pensando que si necesitaban estar solos, me lo pedirían.
    Irene volvió a tener contracciones. Debían de ser muy dolorosas. Animaba a Zoé a venir, le hablaba, le decía lo que la querían y lo que la deseaban. Yo me emocionaba. Jose seguía a su lado, tranquilo. Inspiraba paz. En un momento Irene sintió miedo y lo verbalizó. Pensé si debería decir algo. Miré a Jose. Seguía transmitiendo tranquilidad y acariciando a Irene. Decidí no romper yo el silencio.
    A los dos minutos volvió a tener otra contracción. Pidió a Zoé que más despacio, y la llamaba chiquitina. A los pocos segundos Irene tenía su cabecita. Después, a Zoé en sus brazos. Tan blanquita, tan bonita… Egoístamente pensé en mí. En lo afortunada que estaba siendo, y en que había “cerrado” un ciclo. Siempre conectada con la muerte, había presenciado un maravilloso nacimiento desde la intimidad. Un parto respetado, tan importante como la muerte digna y respetada.
    Zoé tosía tímidamente e Irene le hablaba. La saludó y se presentó. Entonces me dí cuenta de que quizás necesitaban estar los tres solos. Irene dijo que no. “No me molestas”
    Viví el parto con emoción, con agradecimiento y con ganas de aprender. Aprendí mucho de Jose, de su tranquilidad y disposición como compañero. Aprendí de la experiencia, del acompañamiento. Sólo puedo decir que gracias a los dos por permitirme tenerla. No es fácil hoy en día vivir algo así, y ni mucho menos en las circunstancias tan bonitas en las que lo viví yo. Esa es la manera de traer a un niño al mundo, y esa es la forma en la que la quiero vivir yo. Muchas gracias. Carmen.

  3. Que experiencia mas bonita….me he emocionado leyendola. La mia fue completamente distinta pero igual de bonita. Es la mejor experiencia que puede tener una mujer, somos unas privilegiadas!! Me apertece compartirla. Un martes por la mañana me levanto, voy al baño y al limpiarme sale el papel manchado, estaba expulsando el tapon mucoso. Se que no es indicativo de parto inminente, pero no se, algo en mi cuerpo me decia que mi bebe queria salir ya! Estaba en la semana 39. Le dije a mi marido vamos a pasear. Di el paseo de mi vida, a pesar de que estaba muy pesada, edematizada… aun hoy sigo sin entender como pude hacerlo pero es como si me saliera una fuerza del interior… no se explicarlo. Despues del paseo tomamos unos cortos ( yo mosto jejej) y nos fuimos para casa. Cenamos, me pongo el pijama y me relajo en el sofa. Justo en ese momento comienzan las contracciones, no puedo explicar la sensacion de felicidad que senti. Me acoste, dormi un poquito, aunque las contracciones finalmente no me dejaban. A las 8 de la mañana las contracciones eran cada cinco minutos y mas intensas y decidi que era la hora de ir al hospital. Me exploran, cuello borrado y 3 cm de dilatacion. Me preguntan que tipo de parto quiero y les digo que por supuesto que con epidural. Antes siempre se sacaban las muelas sin anestesia, ahora quien se las saca?? A pesar de que la anestesia en la boca tiene sus riesgos, por ejemplo dañar el trigemino…. Bueno que me salgo del tema… Viene el anestesista me pone la epidural y me relajo totalmente… Una sala de dilatacion acogedora e intima. Mi marido y yo lloramos como niños porque al fin ibamos a conocer a nuestro bebe. Hablabamos de como seria, bueno de muchas cosas. Yo completamente tranquila, relajada, sin dolor. Llega el momento… dilatacion completa y a pesar de la epidural yo sentia muchas ganas de empujar. Mi marido me ayuda en cada contraccion, empuja conmigo. Todo esto sin dolor, pero si notaba las contracciones. Tampoco se como explicar que es l9 que se siente… Paso al paritorio unos cuantos empujones y al fin sale de dentro de mi, mi bebe. Me lo ponen encima y ahi es una explosion de felicidad. Llora un monton pero no se si es por mi calor mi abrazo, se calla y a unos minutos de nacer comienza a buscar mi pecho…. increible!! En el mismo potro del paritorio lo amamante por primera vez. Bebe de 3.850 y sin episiotomia, ni desgarros. No se si tendra que ver, pero yo estaba muy tranquila, no sentia nada de dolor lo unico que tenia era ansiedad por conocer a nuestro pequeño. Por todo ello lo recuerdo como el mejor dia de mi vida.

    1. Me alegro de que tu experiencia de parto fuese tan maravillosa. Enhorabuena. Solo matizarte cuando comparas sacarte una muela y parir sin anestesia. Un proceso es patológico y el otro fisiológico. No se puede comparar. La patología siempre que sea posible,con anestesia.La fisiología (siempre que sea posible), sin ella.
      Se ve que tuviste una experiencia de parto muy respetada. Eso es tan importante… Saludos.

      1. Para mi no hay distincion entre un dolor por un proceso patologico y el dolor por un proceso fisiologico, para mi es DOLOR.
        Un saludin!!

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