Cesáreas programadas

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Me encuentro en la recta final de mi segundo embarazo. Ya he entrado en esas fechas en las que cada vez que me acuesto, pienso si será esta noche, cuando mi bebé decida salir; por lo que es cuestión de días, conocer a mi pequeña. Cada día que pasa me ilusiono con una fecha nueva, y números que, hasta ahora, no me parecían atractivos, empiezan a tornarse bonitos en mi mente: el 23, 24 29, 31, 1, 2, 3, 9… Cualquiera será precioso, una vez mi hija lo elija.
Ya tengo sus cositas preparadas: la ropita que hace dos años fue de su hermana y que tantos recuerdos me trae, el foulard, colchones y sábanas limpios esperando, abrigos para cuando salgamos, que ésta nacerá en invierno, pañales… y poco más.
Reconozco que la espera es pesada, que me cuesta moverme, que ya no duermo igual, que tengo molestias cada vez que me incorporo etc. Nada que no se resolverá en breve. Si llevo esperando casi cuarenta semanas, nada me impide esperar unos días más.
Es por esto que me llama muchísimo la atención, cómo a estas alturas, cuando los avances médicos están en su mejor momento; cuando sabemos más sobre todo, cuando se han hecho estudios a nivel mundial sobre la repercusión que tiene el cómo nacemos en nuestro futuro y en nuestra relación con el mundo y con los demás, ¿cómo es posible que se sigan haciendo cesáreas programadas?
Hace unas décadas, empezó siendo cosa de ricas, de “mujeres de”. Digamos que, era cuestión de estatus, que una mujer no pasara por los dolores del parto que su hijo no naciera por su vagina; saber e incluso, elegir, la fecha de su nacimiento. Esto era antes, cuando no se sabían las consecuencias que esto podría tener tanto en la madre como en el hijo, aunque sobre todo en el hijo.
Como consecuencia de estas cesáreas electivas, llegó lo que siempre llega: si se lo hicieron a las reinas, mujeres de, señoras que tenían a su disposición los mejores médicos, era cuestión de tiempo, que el resto de la sociedad, lo demandase y lo más importante: lo aceptase como bueno, incluso como la mejor opción. Las mujeres empezaron a buscar médicos dispuestos a practicarles una cesárea, sin tener una indicación clínica importante o sin tener ninguna, simplemente por conveniencia para unos y otros.
¿Cómo hemos podido dejarnos engañar así?
Yo no he sufrido nunca una cesárea, sin embargo, he parido. He parido como la naturaleza tenía pensado y como mi cuerpo ha sabido hacer. Solo le proporcioné el ambiente necesario y la compañía apropiada y él solito se puso en funcionamiento e hizo. Y tras unas horas, me entregó a mi hija. Sin órdenes externas, sin anestesias, sin cortes, sin prisas… Un rato después, dormíamos plácidamente los tres en nuestra cama. A las pocas horas, tras haberme levantado, duchado, desayunado… Yo estaba llena de energía, de vitalidad y sobre todo, de una enorme satisfacción por lo que acababa de suceder: mi cuerpo se había abierto para parir a mi hija. Mi recuperación fue inmediata.
Si el cuerpo es tan sabi,o que sabe perfectamente lo que tiene que hacer, ¿qué lleva a una mujer a decidir que quiere que le practiquen una cirugía sin motivo?
Puedo entender lo que mueve a una clínica y a un profesional médico: fama y prestigio.
Para parir, solo hace falta una mujer y unas condiciones ambientales que le ayuden. El mérito de ese parto es, únicamente, de esa mujer que pare, y en mucha menor proporción, de la paciencia, el saber estar y no intervenir de los que la rodean.
Sin embargo, para realizar una cesárea, hace falta un equipo humano y tecnológico muy grande y el mérito, entonces, ya está mucho más repartido; tanto, que la mujer pasa a ser el mero contenedor del que se extrae el bebé, refiriéndome a su “participación activa en ese parto”. En una cesárea, la mujer no hace nada más que simplemente “estar”.
Entonces, es ahí donde mi intelecto no da a resolver esta cuestión: ¿Qué es lo que lleva a una mujer a elegir o a aceptar esta forma de dar a luz elegida por otros para ella y para su bebé?
En pleno siglo XXI, no puede ser el dolor del parto, ya que eso está totalmente resuelto: Hay diversas formas de aliviar el dolor, incluso de anestesiar el cuerpo y que este no sienta absolutamente nada.
¿Elegir una fecha? Me parece algo muy trivial y superfluo como para dejarse hacer una operación semejante.
¿Ahorrarse unas semanas/ días de embarazo? No parece muy lógico que alguien se someta a una operación, por no esperar a que el acontecimiento se desencadene solo, cuando es algo que va a suceder sí o sí.
¿Estética? ¿Evitar unas estrías de las últimas semanas del embarazo? Yo me pasé de mi fecha probable de parto y no tengo ni una… pero, incluso, si eso es algo que nos pueda atormentar, ¿no sería mejor para nuestro cuerpo eliminarlas con un láser unos meses después, que abrirnos la barriga dos semanas antes para sacar a nuestro, aún inmaduro, hijo?
Así que, solo me queda una opción y esa es la desinformación: Ponernos en manos de “expertos” que nos convencen de que esto es lo mejor para nosotras y para nuestros hijos, sin plantearnos nada más. Así, como ignorantes, continuamos cayendo en la trampa, aumentando el ego, el prestigio y el bolsillo de quienes nos intervienen, quedándonos nosotras con una bonita —y esperemos que sólo física— cicatriz, un bebé arrancado del interior de su madre, cuando aún no estaba preparado y unas semanas de recuperación (en vez de unas horas).
Aún no he hablado del único por el que se debería mirar en todo este asunto, que es la persona principal de este momento, por cuya salud y futuro deberíamos velar a conciencia. Aunque no nos acordemos de cómo nacemos, este momento del nacimiento, deja en cada uno de nosotros una impronta que nos acompañará el resto de nuestras vidas y tendrá una gran influencia en quienes somos. La información de qué le sucede al bebé a nivel emocional y afectivo durante el parto y cómo esto no sucede en una cesárea electiva, está al alcance de cualquiera. Nadie puede elegir cómo es su propio nacimiento. Sin embargo, sí podemos decidir sobre qué tipo de nacimiento queremos para nuestros hijos. Hoy en día, con lo que sabemos, elegir deliberadamente una cesárea antes de que comience el parto de forma espontánea, es darle a nuestro hijo, el peor de los comienzos; le pese a quien le pese.
Mientras, yo seguiré esperando a que mi hija decida nacer, con impaciencia, como debe ser y con la satisfacción de saber que desde antes de nacer, le estoy dando lo mejor: amor incondicional y respeto, aunque me muera de ganas de abrazarla y conocerla. Unos días más y tendremos la mejor de todas las fechas. Seguir leyendo “Cesáreas programadas”

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